Resulta cuando menos curisoso que Martin Scorsese haya usado el mayor despliegue técnico de su carrera para homenajear, en última instancia, los trucos más primigenios del cine. El cineasta neoyorkino se sirve de la adaptación del libro La invención de Hugo Cabret para echar un vistazo nostálgico y reivindicador a los orígenes del cine y a sus primeros artesanos como Georges Meliés. Una película concebida, no lo olvidemos, para ser disfrutada en tres dimensiones -las mejores desde Avatar-, el nuevo gimmick para atraer el público a los cines. En este sentido, la película es un espectáculo que exprime al máximo la últimas tecnologías visuales -a destacar la espléndida secuencia inicial- siempre al servicio de un sentido de la maravilla muy de agradecer.
El bellísimo y lujoso diseño de producción que reproduce un encantador París reimaginado (con la estación de ferrocarril como epicentro de la función) se convierte en un parque temático dickensiano -plagado de referencias cinéfilas- por cuyas atracciones Scorsese hace pasar al espectador. Todo ello para llegar al propósito último de la película: la recuperación de la ilusión y la capacidad de soñar. El filme encierra dos películas en una, cada una de las cuales parece dirigirse a un público objetivo diferente: la historia infantil va para toda la familia, mientras que el homenaje cinéfilo en forma de biopic fantaseado del Meliés interpretado por Ben Kingsley apunta a los cinéfagos de pro. En esta extraña unión reside el principal problema de una película en la que se alternan genuinos momentos de magia cinematográfica con otros de auténtica morosidad narrativa.
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